. El autor es Catedrático en el Departamento de Estudios Hispánicos del Recinto Unversitario de Mayagüez de la Universidad de Puerto Rico. Obtuvo el grado de Doctor en Letras de la Universidad Nacional Autónoma de México. Como poeta, es autor de Prohibido del habla y de El corazón fuera del pecho.

* Leído el martes, 22 de abril de 1997, como parte del Homenaje a José Luis González, efectuado durante la Semana de la Lengua (RUM - UPR). Este trabajo ha sido "editado", para efectos de la presente publicación, por el amigo Marcos Reyes Dávila. J.M.R.B


Todo el mundo conoce la anécdota de Gabriel García Márquez en la que responde a cierto interlocutor sobre la razón por la cual escribe. Y, puesto que no deseo convertir lo antes dicho en una aseveración retórica, no voy a repetir ahora lo que entiendo que es de conocimiento común y generalizado. Sí debo agregar, no obstante, que como yo distancias aparte tengo otro propósito nada altruista y, sin duda, muy personal, ensayo, en ocasiones, la redacción con una finalidad más práctica: olvidar lo escrito. Ello, claro está, constituye una salvaguarda para las ideas que considero apreciables, porque soy un desmemoriado empedernido, especialmente en lo que respecta a los versos. Apenas puedo recordar algunos de los míos, aunque los ajenos que me interesan los retengo con asombrosa facilidad.
JLG : 1986. Fotografía. R. Alcaraz

Pero, como ahora se trata de hablar de un tema muy serio: mi relación vital con José Luis González, puedo asegurar que su presencia en este camino constituyó una experiencia decisiva en el desarrollo de mi personalidad. Y es seguro que no debo ser el único pasajero en este viaje, porque dudo que muchos de quienes tuvieron el privilegio de disfrutar de su amistad, lograron abstraerse del "peso" de su figura, que era algo muy distinto, como es obvio, de su edificio somático, el que rebasaba el tamaño corriente del puertorriqueño de su generación (y aún del actual), según me pareció siempre. Aclaro de inmediato que su presencia física de seis pies y pico y las doscientas libras que cargaba, en nada estaban reñidas con su habitual bondad que, de forma alguna, negaba la firmeza de sus convicciones, como sabe cualquiera que haya estudiado sus ensayos.

El caso es que, aunque leí la obra narrativa de José Luis González durante mis años universitarios en Río Piedras, comprendidos entre 1962 y 1969, no fue hasta su arribo a Puerto Rico, en el verano de 1971, cuando lo conocí personalmente. Él había pasado casi dieciocho años de ausencia física en su transtierro mexicano, como le gustaba decir. En aquella ocasión se le concedió un permiso de tres días --del 20 al 23 de julio-- para visitar a su padre enfermo, en el pueblo de San Lorenzo. Por invitación de Ricardo E. Alegría, entonces Director del Instituto de Cultura Puertorriqueña, asistió a uno de los salones de actividades del Convento de los Dominicos a conversar con un grupo de amigos, muchos de ellos escritores, intelectuales y artistas, y algunos jóvenes admiradores de su obra.

La reunión, efectuada el segundo día de su llegada a la Isla, fue bastante concurrida. Recuerdo que, apenas en los primeros momentos de la actividad, el amigo poeta José Manuel Torres Santiago le cuestionó sus "convicciones de escritor revolucionario", con una actitud personalista y agresiva, que llamó la atención y no dejó de causar asombro entre muchos de los presentes. A mí no me extrañó su tono destemplado, porque ya conocía aquel estilo hiriente y fogoso empleado contra los interlocutores que no avalaban sus posturas ideológicas. Durante mi estadía de siete años en la jurisdicción capitalina, había discrepado, en más de una ocasión, de sus convicciones políticas, sociales y culturales. Además, cuando tuve la oportunidad, le expresé mis puntos de vista sobre aquellos asuntos. En tres largas cartas --ensayos, en fin-- que le cursé ante otras tantas suyas, entre febrero y marzo de 1972, le expongo mi parecer sobre dichas cuestiones. Estas figuran en un voluminoso tomo inédito titulado La letra y la sangre.

Las visiones antagónicas sobre la cultura, la historia y la política puertorriqueñas y mundiales de José Manuel Torres Santiago y José Luis González fueron el tema de la primera polémica en que se vio envuelto el segundo con un compatriota suyo --luego de largos años fuera de la Patria, como he dicho antes-- y el encontronazo inicial entre estos escritores puertorriqueños de dos generaciones distintas aquel mes de julio. Únicamente que el capítulo no se cerró allí y entonces, como dicen los abogados.

Cuando José Luis (así persistía en que lo llamara ante aquellos insistentes don José Luis González o maestro González) regresó por segunda vez a la Isla, veinte años después de su contierro mexicano, empezado en 1953 --como hubiera querido que dijera--, volví a saludarlo en alguna ocasión. Esta vez, al menos, consiguió permanecer un mes entre nosotros. Como en la primera ocasión, había tenido que desencadenar una denuncia internacional para que los departamentos de Estado y de Justicia de los Estados Unidos le concedieran una visa para regresar a su Patria. Ante la protesta de los artistas y los intelectuales puertorriqueños y latinoamericanos, no tuvieron otra alternativa que ceder a la creciente ola de indignación que desnudaba el régimen colonial prevaleciente en Puerto Rico.

Llegó el martes, 19 de diciembre de 1972, junto a su esposa Eva Benes y su hijo José Enrique, para compartir sus preocupaciones con nosotros hasta el jueves, 18 de enero del año siguiente. Traía invitaciones del presidente del Ateneo Puertorriqueño, Lcdo. Eladio Rodríguez Otero, de la Lcda. Nilita Vientós Gastón, directora de la prestigiosa revista Sin Nombre, y de funcionarios del Instituto de Cultura Puertorriqueña y de la Universidad de Puerto Rico, Recinto de Río Piedras, para participar en varios encuentros y actos culturales. Su charla "El autor y su libro: Mambrú se fue a la guerra", efectuada el 8 de enero, en el Ateneo Puertorriqueño, a casa llena, bajo los auspicios de la revista Sin Nombre, así como el coloquio con los jóvenes --y no tan jóvenes-- escritores puertorriqueños, celebrado en un pasillo del Convento de los Dominicos, sede del Instituto de Cultura Puertorriqueña, a partir de las 5:00 p.m., el martes, 16 de aquel mismo mes, fueron las dos actividades realmente memorables durante esta segunda estadía de José Luis con nosotros.

Mi participación en el acto fue esta vez más notable. En palabras de Magali García Ramis, "Jorge María Ruscalleda Bercedóniz habló sobre las revistas literarias, cuestionó su función, y la validez de algunas."1 Luego se expresaron Tomás López Ramírez y José Manuel Torres Santiago que "la cogió con Rosario Ferré."2 Como en 1971, saludé a José Luis al finalizar la reunión.

Cuando José Luis regresó a la Isla en septiembre de 1973 --después de un agobiante forcejeo con la burocracia yanqui JLG  con su hermano en San Lorenzo. de la embajada norteamericana en México--, invitado por el Recinto Univer-sitario de Cayey de la Universidad de Puerto Rico a ejercer la docen-cia, logró com-partir con su pueblo nueve meses, un lapso apreciable de convivencia desde su radicación defini-tiva en aquel lado. Su visita se prolongó hasta junio de 1974.

Como parte de la adquisición de fuerza en con-tacto con su gente y con la tierra --nuevo Anteo boricu--, José Luis se vio precisado a responder varias acusaciones lanzadas por José Manuel Torres Santiago en su artículo "José Luis González, usted está equivocado"3, en respuesta a unas apreciaciones hechas en "Viaje por el país de José Luis González. Diálogo con un gran escritor puertorriqueño"4, entrevista que le concedió a Eneida Molina. Se trataba de la reanudación del capítulo abierto el 22 de julio de 1971 en el Instituto de Cultura Puertorriqueña.

Pero, ahora, contestaba imputaciones de que tenía un "conocimiento parcial de esta literatura" [...] "de los jóvenes escritores puertorriqueños"; que éstos eran víctimas de la crisis social del País, sin que la superaran como artistas; que mostraban desconocimiento de su tradición literaria; que habían roto la continuidad con la generación inmediata; que cultivaban una estética proletaria mal entendida, en la que se confundía la propaganda y la consigna política con una retórica realista de validez poética; así como los señalamientos de "fascista" al poeta norteamericano Ezra Pound y de "racista" a Luis Palés Matos, entre los más sobresalientes aspectos que le lanzaba el poeta de Guajana.5

La "Respuesta a una respuesta" de José Luis pone en perspectiva histórica sus planteamientos hechos a Eneida Molina a mediados de diciembre de 1973. Expresa que le sale al paso a Torres Santiago porque "desbarra [...] sobre cosas importantes".6 Entonces, denuncia que se le ha citado fuera de contexto para tergiversar su pensamiento, en un acto de deshonestidad intelectual. Aclara, pues, su concepción del "buen arte" como creación "revolucionaria", independientemente de su contenido, que puede ser social, político o personal. En contraposición a éste, dice, la "seudopoesía" empobrece y ofende la capacidad de comprensión del pueblo, como sucede con cierto tipo de la llamada "poesía proletaria", cuando se trata de un subproducto estético, elaborado especialmente como una obra inferior para el consumo de las masas. En estos señalamientos inserta la cuestión de las consignas y la propaganda en los versos y como actividad social de la agitación y la lucha política. Lo que él no acepta es que se confundan los niveles de operación de estos elementos y, por lo tanto, se desvirtúen tanto la actividad estética como la gestión de la propaganda.

Condena, además, la rotulación superficial de Ezra Pound con la palabra "fascista", asimismo como el calificativo de "comunista" aplicado a Pablo Neruda por las mentalidades reaccionarias, ambas acuñadas con la intención de minusvalorar la obra de dos grandes poetas, a la luz de sus ideologías políticas. El caso de la etiquetación de Palés Matos como "racista", lo ve José Luis ya no sólo como una actitud stalinista de Torres Santiago, sino, también, como una incapacidad suya para realizar una verdadera lectura marxista del gran poeta puertorriqueño.7

Éstos, en términos generales, fueron los planteamientos del poeta refutados por el cuentero, como bromeaba José Luis consigo mismo, al encasillarse en su género literario predilecto.

La polémica continuó con la intervención de otras figuras de la vida cultural puertorriqueña. Siguió una breve carta titulada "Discrepan de José Luis González y respaldan a Torres Santiago", que firman Andrés Castos Ríos, Benjamín Torres, Marisa Rosado, Norma Valle, Jaime Luis Rodríguez Cancel, Miñi Seijo Bruno, Edgardo Luis López Ferrer, Vicente Rodríguez Nietzche, Rafael Aponte Ledée y Ángel Luis Torres, entre los más conocidos artistas e intelectuales de los diecinueve que figuran solidarizándose con su compañero de generación. El texto del documento se limita a expresar que se sienten ofendidos ante los supuestos insultos, inuendos (así mismo, con este anglicismo) y el "sarcasmo" empleado por José Luis. También, dicen, se niegan a polemizar con él porque [...] "creemos que alguien que justifica las actuaciones de un fascista como Ezra Pound también puede justificar a Hitler, Nixon o Muños (sic) Marín."8 Obviamente, los alegatos son de tal pobreza que no merecían comentarios mayores.

Fue Arcadio Díaz Quiñones quien se encargó de contestar las alegaciones antes dichas por el grupo mencionado, en una misiva identificada como "Arcadio Díaz tercia en la polémica de José Luis González y Torres Santiago". Éste se sorprende ante los argumentos frívolos de aquéllos y aclara las posiciones de José Luis ante Pound y Torres Santiago. Luego defiende la puertorriqueñidad de su amigo y postula la legitimidad de polemizar con altura.9

Mi participación en esta controversia se publicó bajo el epígrafe "La polémica José Luis González vs. Torres Santiago. Una tercera posición", en la revista Avance, donde habían aparecido antes los trabajos mencionados. Mi aportación fundamental consistió en señalar aquellos aspectos que, de una u otra forma, correspondían al ámbito de los personalismos y en llamar a la cordura para que el debate discurriera por la vertiente positiva de la discusión de las ideas que iluminaran nuestro quehacer artístico.

Con el permiso de ustedes, voy a autocitarme, para que tengan una imagen específica sobre lo que interesaba dejar establecido en aquella batalla verbal sobre nuestra realidad cultural del momento y que ya hoy parece que ha alcanzado su justa madurez.

Es de lamentar --decía-- que la interesante polémica suscitada en AVANCE entre José Luis González y José Manuel Torres Santiago --ambos valiosos puertorriqueños y magníficos escritores en sus géneros y dentro de sus respectivas generaciones-- haya dado lugar, desde el principio, a giros personalistas seriamente ofensivos, tanto en un autor como en otro. Al mismo tiempo, apena que se lancen juicios sobre la literatura joven del país, sin que se faciliten las pruebas y los hechos suficientes que justifiquen tales posiciones ideológicas.10

Luego de aquel primer párrafo, cerraba del modo siguiente:

Dado lo que he venido apuntando, creo, con humildad y sin intentar colocarme --de ningún modo-- en actitud de dómine, que ya es hora de exhortar a los amigos González y Torres Santiago a encauzar este análisis hacia el esclarecimiento de la joven literatura nacional que es, finalmente, lo que importa para nuestra historia literaria.11

José Manuel Torres Santiago vuelve a la carga y riposta a José Luis con un extenso trabajo publicado en Guajana (abril-junio de 1974), el cual cubre 22 páginas, sin numerar, de la revista. El ensayo se titula "Respuesta a una carta abierta de José Luis González", que no fue publicado por Avance ni Claridad, presumiblemente por su extensión. Según Torres
Santiago, en éste [...] "contesto todos sus planteamientos [de José Luis González] y pongo en su sitio los datos que astutamente manipuló." (12)

Meses más tarde, ya en México, y al calor de una de las muchas conversiones que sostuve con José Luis, me sentí en la necesidad de recalcarle el propósito de mi intervención en aquella disputa. No bien había comenzado a esgrimir alguna razón, José Luis me interrumpió con la bondadosa generosidad que lo caracterizaba: "--Hombre, pero si lo más sensato de toda aquella discusión lo dijiste tú"-- aseveró con firmeza, e inmediatamente pasó a otro tema con la mayor naturalidad. Por mi parte, entendí que aquellas palabras eran producto de su habitual cortesía, por lo que sólo alcancé a balbucear un "Muchas gracias", que él aceptó con una medio sonrisa, mientras hilvanaba otro asunto más placentero.

Fue durante la estadía de José Luis en la Isla durante los nueve meses que enseñó en el Colegio Regional de Cayey que nuestra amistad se fraguó. Asistía con bastante frecuencia a las charlas y actividades en que él participaba en diferentes lugares. Para este tiempo, además, había surgido la posibilidad de que la Universidad me aprobara una licencia con sueldo para realizar estudios doctorales en el exterior. Un ex amigo que estudiaba en otro país me había exhortado para que lo acompañara allá. También yo consideré aquella opción. Pero, cuando ya era seguro que se me ofrecería la oportunidad de realizar estudios fuera de Puerto Rico, una experiencia desagradable con los representantes diplomáticos de aquel país me convenció de que, en las universidades de aquella gente, jamás me sería dable sentirme a gusto.

Entonces, en una conversación con José Luis, supe que mi destino académico estaría asociado con la Universidad Nacional Autónoma de México. En la "Introducción" de mi tesis doctoral El negro en la poesía de la Segunda Generación Republicana de Cuba, presentada en la División de Estudios de Posgrado de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, el 21 de junio de 1988, y todavía inédita, digo, y excúsenme, otra vez, la autocita:

Fue en esta coyuntura que llegó a Puerto Rico, en una de sus primeras visitas a la patria, después de muchos años de ausencia, mi compatriota, amigo y maestro José Luis González. Él me sugirió que me fuera a México a terminar mi carrera. Así lo hice y nunca lamenté, en lo más mínimo, haber tomado aquella decisión. Por el contrario, durante los años en que realicé tan altos estudios, viví intensos y felices momentos que atesoro entre las experiencias más gratas de mi vida. En México, gané un entendimiento cotidiano de nuestra realidad latinoamericana. Comprendí mejor a Martí y supe, a través suyo, todo lo que hemos ganado con la experiencia histórica de este suelo.

Para mí, como puertorriqueño, se me reveló intensamente nuestra deuda de gratitud centenaria con un pueblo que sufragó el enclave colonial español en la Isla, a lo largo de más de tres siglos, por medio del Situado Mexicano. Esto hubiera sido más que suficiente para que le cobrara el hondo cariño que conservo por su gente y su tierra.

Pero, había más. Otros lazos históricos me obligaban en el afecto. En la literatura, dos nombres, temprano en la vida cultural de la Isla, se asocian permanentemente con México. Aquel pícaro y trotamundos de los mares que contó a Carlos de Sigüenza y Góngora la ulisiada de los Infortunios de Alonso Ramírez (1690). Y el presbístero Francisco de Ayerra y Santamaría (1630-1708), quien se hizo un nombre respetable en el barroco mundo virreinal de su tiempo y se granjeó el respeto y la amistad de la más connotada intelectualidad de su medio.

En este siglo, además, un grupo considerable de nuestros mejores escritores de las letras españolas de América se formaron a nivel doctoral en la Universidad Nacional Autónoma de México. Recuerdo ahora, sin intentar ser totalizador, a Concha Meléndez, Jorge Luis Porras Cruz, Cesáreo Rosa-Nieves, Ángel Luis Morales, José Ferrer Canales, Félix Franco Oppenheimer, José Luis González, Jorge Luis Morales, Victoria Espinosa y Ramón Felipe Medina. Carmen Vázquez Arce, Isabel María Ruscalleda Bercedóniz y América Reyes Ramos lo hicieron en años recientes.12

José Luis González no solamente me aconsejó que fuera a México a completar mis estudios superiores, sino que se hizo cargo de tramitar mi ingreso en la facultad mencionada. Pero no sólo se ocupó de mi caso personalmente, también hizo lo propio con mi hermana Isabel María y con mi esposa América, quienes se fueron conmigo a concluir sus carreras doctorales. Mi madre y mi pequeña hija Soledad Isabel nos acompañaron también durante esta dichosa estadía mexicana.

El 21 de junio de 1974, ya de regreso a México José Luis, luego de haber compartido con nosotros los nueve meses de docencia en Cayey --según he señalado previamente--, le escribí una enfática carta, la que acompañé con toda la documentación que se nos requería para inscribirnos como estudiantes de la UNAM.13 Un mes más tarde, el 22 de julio, el Dr. Luis Rius, Jefe de la División de Estudios Superiores de la Facultad de Filosofía y Letras nos aceptaba para "cursar el Doctorado en Letras".14

El 24 de agosto de 1974 ingresé al territorio nacional mexicano, a través de Mérida, Yucatán, por primera vez en mi vida. Llegué al Distrito Federal, tarde en la noche de aquel sábado. Siguiendo el consejo de José Luis, había dejado a la familia en Aguadilla, en espera, mientras conseguía un techo donde cobijarlos. Me sentía terriblemente solo y desorientado y una grave angustia me abatía.

Nunca he olvidado que, cuando salía del área restringida de los pasajeros en el aeropuerto internacional Benito Juárez, vi inmediatamente la figura imponente de José Luis entre el público que esperaba a familiares y a amigos que llegaron en JLG con su esposa Eva. aquel vuelo de Mexicana de Aviación. Vi el cielo abrirse y, por primera vez, desde mi partida de San Juan, sentí la presencia de Puerto Rico.

Tan pronto como se iniciaron las clases en la UNAM, Isabel, América y yo, comenzamos a asistir a los seminarios y cursos monográficos de Sociología de la Literatura, así como, eventualmente, a los Seminarios de Investigación y Tesis, que José Luis enseñaba, en los que estudiamos los siguientes temas: José Martí, Juan Rulfo, La Poesía Negra en Cuba, La Subliteratura y Poesía Afroantillana, entre otros.

En cierta ocasión, uno de los asuntos traído a la clase resultó tan apasionante, que casi me pasé el período lectivo intercambiando ideas con José Luis, las más de las veces en franca y respetuosa diferencia con sus puntos de vista. Debo aquí aclarar que, como él no quería que sus alumnos lo llamáramos profesor ni maestro en la clase --distinto a tantos claustrales vanidosos de México mismo y de Puerto Rico--, sino simple y llanamente José Luis, quien no conociera esta preferencia suya, podría pensar que, discípulos como yo --que pronto respeté su deseo y aprendí a contradecirlo, también movido por su invitación--, nos extralimitábamos en nuestra conducta académica. El hecho es que, después de aquella clase a la que me he referido, mi hermana Isabel trajo a colación la posibilidad de que José Luis pudiera molestarse por "mis majaderías". Regresábamos esa noche en un "delfín", que no era otra cosa que una guagua de cierta exclusividad y en la que no se permitían pasajeros de pie. (Supe, con el tiempo, que este servicio degeneró hasta alcanzar los amontonamientos habituales de los autobuses comunes.) Ante la observación de mi hermana, aproveché la próxima sesión de la clase para excusarme con José Luis, si él entendía que mis intervenciones habían resultado impropias. A lo que él respondió, con una amplia sonrisa, que "Tal vez sí me hubiera molestado, si no lo hubieras hecho."

Éste era el tipo de educador que había en José Luis González: inquisitivo, azuzador de inquietudes, tolerante, comprensivo y profundamente democrático en su humanísima actitud pedagógica. Su sinceridad cordial y la franqueza radical de su conducta contrastaba con la generalidad de los temperamentos soberbios y autoritarios --con las salvedades de rigor, como es natural-- con los que tuve que lidiar en aquel excelente, por otra parte, Departamento de Estudios Hispánicos del Recinto de Río Piedras de la Universidad de Puerto Rico de los años sesentas.

Como saben ustedes, José Luis tenía un celo auténtico con el español puertorriqueño. Entendía su radical significación histórica como parte de nuestra personalidad. Le preocupaba el empobrecimiento de matices y formas legítimas que observaba en las capas sociales de la "población culta", en contraste con la creatividad y el brillo de la lengua en los aspectos populares. A propósito de lo que digo,
escuchen a José Luis:

La plaza del mercado de Río Piedras ha sido, durante muchos años, mi universidad puertorriqueña predilecta. Allí solía desintoxicarme diariamente, durante los dos semestres que trabajé en el Recinto de Río Piedras de la UPR, del espanglish con que me abrumaban tantos de mis colegas maestrizados o doctorados en universidades norteamericanas. Allí descubrí, en buena hora, que el "problema del idioma" de que tanto se habla, y con razón, en Puerto Rico, no es un problema del pueblo puertorriqueño, sino, por paradógico que pueda parecer, de las élites culturales del país. El pueblo dicta cátedra de jugoso y creativo español caribeño e hispanoamericano --tan castizo como el de toda casta que sabe lo que hay que decir y cómo decirlo, que es a la postre lo que cuenta-- en ese abigarrado lugar de paso, de encuentro y reencuentro que no expide títulos académicos, pero imparte permanentes lecciones de puertorriqueñidad sin cobro de matrículas.15

Su preocupación por el "español defectuoso"que descubrió en sus primeros cinco libros de relatos, cuando dejó Puerto Rico para radicarse en México; es decir: En la sombra (1943), Cinco cuentos de sangre (1945), El hombre en la calle (1948), Paisa (1950) y En esta lado (1954), fue una de las razones por las cuales no volvió a publicar libros de ficción hasta 1972. En este lapso, aparte de sus ocupaciones familiares y profesionales y de su parcial desilusión con la nueva literatura practicada por algunos autores del boom, se dedicó a aprender el español y a estudiar literatura.

Y es, a propósito de este escarbar suyo en los viejos cuentos, que, en una de nuestras conversaciones, le expresé mi preocupación ante sus "revisiones" que nada tenían que ver con las incorrecciones gramaticales. Le puse como ejemplo, "La carta"

--incluida originalmente en El hombre en la calle--, que había sufrido una serie de transformaciones en la antología Cuentos puertorri-queños de hoy (1959) de René Marqués. Allí objetaba --en la última oración-- el cambio de tres palabras que nada tenía que ver con elemento alguno de impropiedad del español de Puerto Rico. La mención de que el personaje utilizaba cuatro centavos para el envío de la correspondencia y que, de golpe y porrazo, se le aumentara a cinco el costo era un despiste histórico, puesto que el valor de ese tipo de pieza postal era normalmente de tres centavos para la época, aparte de que, bromeaba él, le estaban robando un centavo al pobre hombre. ¡Y todo el mundo sabe que, en ese tiempo, un huevo costaba "un chavo", como decimos todavía. La sustitución de las otras dos palabras "sello" por "estampilla" y "echó" por "despachó", francamente deslustran el sabor puertorriqueño del lenguaje narrativo por una modalidad más general de la lengua y, si se quiere, más mexicana.16 Esto, naturalmente, no tiene nada malo, puesto que José Luis --tan raigalmente puertorriqueño-- no podía evitar, sin embargo, su dosis de mexicanidad. Uno no vive impunemente cuarentitrés años en otro país. Aunque, para hablar con propiedad, cuando José Luis comenzó a hacer esos cambios, solamente llevaba en México seis años. Y acaso, por eso fue que realizó los intercambios de palabras. Es decir, porque el aluvión de nuevos giros que se le vinieron encima aún no habían pasado a ser parte del poso de su personalidad lingüística en reestructuración.

Le decía, a José Luis, además, que sus cambios en el texto de la carta, en los que acentuaba la casi iliteracia de Juan, fueron acertados. Me pareció muy significativa al inserción del vocablo "también", en la siguiente oración: "El [Felo, el hijo de María] tambien esta travajando pero gana menos que yo."17 Pudo haber aprovechado la frase previa para dejar hijo sin hache e igualar, de esta forma, el "ijo"que figura en la despedida.

Lo que resultaba inadmisible, le decía, de las versiones aparecidas en La galería y Veinte cuentos... era poner a Juan a echarse la carta "en el bolsillo de la camisa."18 Todo el
mundo sabe que los jíbaros sentían predilección especial por guardar cartas, periódicos y papeles, en los bolsillos traseros del pantalón. La sustitución final de la perífrasis original "bolsillo de atrás del pantalón"por "bolsillo posterior"indica su conciencia creciente como cuentista. A esa misma condición hay que adjudicarle el cambio de "Dobló la mano izquierda, como la tienen los mancos"... por ... "fingiéndose manco". Lo que me pareció innecesario fue la frase final de la oración, desde su redacción original y que siempre mantuvo: "y extendió la mano derecha abierta." Para efectos de sugerir, debió ser suficiente "y extendió la mano derecha". Pero, nadie es perfecto, y una cosa es con violín y otra con guitarra. Aunque, en su versión definitiva de "La carta", no quiso bajarle a tres centavos el sello al pobre Juan y lo castigó a que despachara la misiva, no cabe duda que estamos ante una obra maestra de la síntesis cuentística que, además, es un documento artístico de gran calor humano y de conciencia social.19 ¿Puede un escritor aspirar a mucho más?

En aquellos días, a propósito de este relato, le pregunté --casi retóricamente-- cómo podían justificarse, a la postre, las diferencias entre las versiones de 1948 y 1973, que era la última que conocía, cuando hablábamos, en 1974. Después de haber escuchado atentamente las observaciones que compartí con ustedes hace algunos momentos y, en respuesta a mi pregunta de recapitulación, me respondió, sin inmutarse, mientras fumaba y sonreía: "Pues, es muy fácil, Jorge, aquella carta la eché hace casi veinticinco años y ésta apenas la despaché hace dos o tres."

Como parte de aquella conversación sobre "La carta", le decía que asombraba la concisión del relato, que todo el mundo alababa. "Ah, pero si de eso se trata, los tengo más breves." "No me digas" le expresé, loco porque me tirara al agua. "Pues, mira a ver qué te parece `La cartita'":

Camuy, Puerto Rico

25 de julio de 1948

Qerido ijo:

Regresa. Asunto de Petra resuelto. Tu ermano confesó.

Su madre qe lo qiere y lo bendise

Juana.20

José Luis era un hombre con un gran sentido del humor. Su afición por los "albures"mexicanos es algo conocido. En la conversación íntima disfrutaba de los chistes buenos, inteligentes y con gracia.

Voy a terminar, en breve, estas remembranzas de José Luis González, con varias acciones suyas que ponen de manifiesto la enorme calidad humana de este puertorriqueño excepcional.

A principios de la década de los ochenta, junto a varios puertorriqueños y otras personas de todo el mundo, asistí a una actividad efectuada en La Habana. Una noche departía con un pequeño grupo de personas en la habitación del hotel, cuando la plática amena comenzó a girar sobre la persona de José Luis y la "peligrosidad" de sus ideas. Tan pronto como me percaté del rumbo que llevaba la conversación, me excusé, advirtiendo que no podía permanecer en el lugar dado que no compartía los criterios que se vertían sobre aquella persona, que era un valioso artista e intelectual puertorriqueño y, también, mi amigo. Algún tiempo después, en uno de nuestros reencuentros, me puso la mano sobre el hombro, y dijo: "Gracias". Como no alcancé a captar el motivo de aquella expresión súbita, miré hacia arriba, y demandé: "¿Por qué?" "Por lo de La Habana", fue todo lo que dijo. Ambos comprendimos y callamos. "¿Cuál, del reducido grupo, le hablaría?" pensé.

Mi esposa y mi hermana trataban de finalizar los extensos trámites para examinarse para el grado doctoral en la UNAM, en 1985. La primera logró el propósito, en aquel viaje. La segunda tuvo que posponerlo para el verano siguiente. Esta vez, un sinodal español --que figuraba como miembro del Tribunal Examinador de su tesis José Luis González: El proceso de formación de un narrador, dirigida por el Mtro. Arturo Souto Alabarce--, se empeñó en que, como había pasado un año desde que leyó al estudio, no lo recordaba y que, por lo tanto, no podía figurar en el grupo examinador, ya que no disponía del tiempo para volver a leerlo para la fecha que se había designado el examen. Esto significaba, en la práctica, una posposición más de, por lo menos, otro año, en lo que se tramitaba el nuevo miembro del Tribunal y éste leía el trabajo.

Isabel, desconsolada, acudió a José Luis en auxilio, quien, molesto ante aquella actitud de su compañero, le dijo que dejara el asunto de su parte. Una tarde, en un pasillo de la División de Estudios Superiores, escuchó disimuladamente cuando José Luis abordó a su colega sobre el caso y lo hizo entrar en razón. Le recordó que Isabel había viajado el año anterior, desde Puerto Rico, pero que no pudo examinarse por los impedimentos procesales, que le tomaron todo el verano. Le decía que, en este segundo viaje, después de mucho esfuerzo y grandes gastos de dinero, había logrado salvar todos los obstáculos y que las autoridades competentes le asignaran una fecha para el examen. Puntualizó que su decisión significaba un nuevo atraso innecesario de un año, por lo menos, y que ya eso no era justo. Enseguida, José Luis le reclamó que él conocía su obra, puesto que se la fue obse-quiando a lo largo del tiempo. De modo que podía interro-garla sobre cualquiera de sus libros, sin necesidad de releer la tesis. Ante aquellos argumentos, la persona accedió a partici-par en el Tribunal. Mientras se despedían cordialmente, José Luis embromó: "¡Imagínate si a mí, de repente, me entrara esa amnesia tuya y no pudiera asistir a los exámenes, que ya tengo asignados, de todos tus alumnos!"

A mí me sucedió algo desagradable también con un vanidoso doctor mexicano que habíamos inclui-do en mi Tribunal Examinador. Como era amigo de José Luis, conversó con él para que fungiera como parte de sus integrantes, aunque sabía muy poco del asunto del negro en la poesía cubana. Como le dijo a José Luis que no tenía inconvenientes, hice gestiones para inscribirlo en el Tribunal y, luego, entregarle el ejemplar de la tesis. Para ello, me pidió que se la llevara a su residencia. Lo que hice. Sólo que, el día que fui, a la hora acordada, no respondió al llamado en su puerta. Me acompañaba un amigo entrañable. Posteriormente, pude localizarlo en la Universidad e intenté entregarle el estudio, pero no quiso aceptarlo porque "era muy pesado". Volvió a requerir que se le entregara en su casa. Con la experiencia previa, y como era un hombre saludable y una fortaleza superior a la mía, le sugerí que podíamos llevarlo a su automóvil, que se encontraba en el estacionamiento próximo de la Facultad, porque como no contaba con medio de transpor-tación, y cargaba con otros siete tomos, se me hacía muy difícil desplazarme hasta su hogar. "Haga lo que usted quiera"--respondió con insolencia.

En ese instante, llamé a José Luis y le expliqué lo sucedido. "Éste es un señorito virreinal de mierda

--contestó enfadado--. Elimínalo del Tribunal, que voy a hablar con Manuel Ulacia Altolaguirre para que lo sustituya y que lea la tesis en el tiempo que resta." Y así se hizo. El amigo mexicano Miguel García Ramírez es mi testigo de lo cuento, porque fue partícipe de los sucesos. Y, además, Eva Benes, viuda de José Luis, sabe de quién se trata.

Por último, le conté que, cuando gestionaba la búsqueda de un editor para mi estudio La poesía de Nicolás Guillén (1975), acudí a un prócer de la cultura puerto-rriqueña, con una recomendación de mi maestro Enrique A. Laguerre. Al mostrarle el trabajo, me dijo con gran seriedad: "Pero ése es un escritor cubano." A lo cual no me quedó más remedio que preguntarle: "Y yo, ¿qué soy?" Por eso, consi-dero como un desagravio a aquella estúpida aseveración, las siguientes palabras del amigo en la Conversación con José Luis González: "Y cuando Nilita Vientós Gastón escribió un libro sobre Henry James y Jorge María Ruscalleda otro sobre Nicolás Guillén, ambos estaban haciendo cultura puertorriqueña."21

Todavía se me quedan algunas cosillas que probablemente olvidaré con el tiempo y que, por consiguiente, no habré podido plasmar en un escrito, porque el tiempo corre, como ahora, y no vuelve otra oportunidad, como la presente. A José Luis mismo se le quedaron proyectos interesantísimos sin concluir, como la novela Jonás --a la que tantas vueltas dio--, la novela sobre el mulato puertorriqueño Miguel Henríquez --primerísima figura nuestra del siglo XVIII-- y gran parte de sus Memorias, para cuyos tomos segundo y tercero nos dejó los títulos tentativos: Una mañana, antes del día y El vino tierno. Pero, así es la vida.

Lo que no quisiera que hoy se me quedara sin decir es que, si alguien cree que mis palabras poseen alguna irreverencia, debo recordar una cita de Cervantes que José Luis me incluyó en una carta del 19 de abril de 1984 --al referirse a un personaje de la política puertorriqueña que lo criticaba-- y que consiste de las siguientes palabras que Don Quijote, en un momento, dirige a su escudero: "Ladran, Sancho, luego vamos bien."22 Gracias, José Luis, por haberme hecho un mejor ser humano.





Notas

1Magali García Ramis, "José Luis González y la tarde que volvimos a ser gente", Avance, 31 de enero de 1973, 52.

2Loc. cit.

3José Manuel Torres Santiago, "`José Luis González, usted está equivocado'", Avance, 21 de enero de 1974, 20-24.

4Eneida Molina, "Viaje por el país de José Luis González", Avance, 17 de diciembre de 1973, 58-60.

5 José Manuel Torres Santiago, Art. cit.

6J L G, "Respuesta a una respuesta", Avance, 4 de febrero de 1974, 22.

7Ibid., 20-23.

8 Andrés Castro Ríos, et. al., "Discrepan de José Luis González y respaldan a Torres Santiago", Avance, 18 de febrero de 1974, 61.

9 Arcadio Díaz Quiñones, "Arcadio Díaz Quiñones tercia en la polémica de José Luis González y Torres Santiago", Avance, 25 de febrero de 1974, 55.

10Jorge María Ruscalleda Bercedóniz, "La polémica...", Avance, 11 de marzo de 1974, 44.

11Ibid., 45.

12Jorge María Ruscalleda Bercedóniz, "Introducción", iii-v.

13Jorge María Ruscalleda Bercedóniz, ["Carta a José Luis González"], 21 de junio de 1974, 1-2. [Inédita]

14Luis Rius, ["Carta al Dr. Humberto Estrada Ocampo"], 22 de julio de 1974, 1. [Inédita]

15J L G, Nueva visita al cuarto piso, 31. (Subrayados del autor.)

16J L G, El hombre en la calle, 58, y José Luis González, en René Marqués, Cuentos puertorriqueños..., 82.

17V. José Luis González, en René Marqués, Ibid., 81. (Subrayado nuestro.)

18La galería, 71 y Veinte cuentos...,76.

19J L G, Todos los cuentos, 149. (Subrayados nuestros.)

20 Algo similar había dicho públicamente, en su charla del lunes, 8 de enero de 1973, en el Ateneo Puertorriqueño. V. a Juan Mestas, "José Luis en el Ateneo", Claridad, 14 de enero de 1973, 20.

21Arcadio Díaz Quiñones [y José Luis González], Conversación con José Luis González, p. 137.

22J L G, ["Carta a Jorge María Ruscalleda Bercedóniz"], 19 de abril de 1984, 1. [Inédita]

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